Hace miles de años atrás nació una dragona negra llamada Dethra, enfermiza y famélica, incapaz de producir magia como el resto de su especie. Desde su primer aliento quedó marcada como un error, repudiada por los suyos al no manifestar el don que define a los dragones. Fue entonces cuando descubrió que su naturaleza era distinta: no creaba magia, la consumía, devorando toda esencia arcana que encontraba. A medida que comprendía ese hambre imposible de saciar, su poder crecía, y con él el rastro de tierras marchitas que dejaba tras de sí. Su despertar marcó el inicio de una era de terror que sacudió los cimientos del mundo.
Lore y trasfondo
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La Guerra del Abismo: El Estigma
Dethra
Con el tiempo, Dethra dirigió su hambre contra los suyos. Durante la Guerra de los Dragones de Isla Tormenta, se enfrentó a sus hermanos y desató tal destrucción que terminó siendo expulsada de aquellas tierras. Despojada de todo vínculo y perseguida por su propia especie, vagó durante siglos hasta llegar a un lugar desconocido por muchos: un continente llamado Murah.
A simple vista no había rastro alguno de sus congéneres, pero la tierra respiraba una esencia demasiado familiar. Bajo la superficie, escondidos en profundidades inaccesibles, yacían dos cementerios de dragones arcaicos, colosales osarios que aún rebosaban energía primigenia. Los elfos de la región conocían este fenómeno como las Líneas del Dragón: corrientes de magia que recorrían el subsuelo como ríos de poder, alimentados por lo que en Isla Dragón se conoce como lágrimas de la tormenta.
Todas aquellas corrientes convergían en los dos enclaves, y de ellos emanaba la fuerza que nutría a todo el continente.
Allí encontró un refugio temporal, ocultándose entre las montañas y bosques de Murah. Pero cuando comenzó a devorar la magia que fluía desde las Líneas del Dragón, los pueblos de la región —elfos, humanos y enanos— comprendieron que una nueva amenaza había despertado.
La presencia de Dethra desató un conflicto que arrasó tierras y quebró alianzas. Las razas de la región lucharon contra ella, pero su hambre era insaciable y su poder crecía con cada fragmento de magia consumido.
En un acto desesperado, y temerosa de ser destruida, Dethra utilizó artes prohibidas para anclar su alma a uno de los milenarios cementerios de dragones. Al hacerlo, se fusionó con el corazón mágico del continente, volviéndose imposible de erradicar sin provocar un colapso total de las Líneas del Dragón.
El peligro era demasiado grande. Por miedo a que su vínculo con el osario arrasara todo Murah, Irdian I Terius, primer Emperador humano del continente, y Nymiel, princesa de Mur’etheil, solicitaron ayuda más allá de sus fronteras.
Otros reinos aliados como Orio en Isla Dragon, Shar´aen, Draënark y la poderosa archimaga Ivorwen, entendieron que este mal debía ser contenido. Con la ayuda de los pueblos enanos emprendieron la construcción de una prisión arcana capaz de contener a la dragona sin destruir el flujo mágico que sostenía la vida en el continente.
La prisión fue levantada exactamente sobre el lugar donde Dethra había anclado su alma, sellando su esencia dentro de la tierra y reteniendo—al menos por un tiempo— el hambre de la Devoradora.
Durante siglos, la prisión permaneció sellada y olvidada.
Nadie volvió a usarla… hasta que una nueva tragedia sacudió Mur’etheil.
Tras una cruenta guerra civil entre los elfos, conocida como la Guerra de los Primeros, los seguidores del rey Aellarion de Mur’etheil se enfrentaron a su propia hija, Nymiel. Cuando la princesa cayó a manos de su padre, sus partidarios fueron capturados y encerrados en las celdas de la antigua prisión levantada sobre el osario dracónico.
Fue entonces cuando los elfos comenzaron a llamar a aquel lugar el Abismo, lugar donde los condenados no pueden morir, y son sometidos a revivir eternamente los crímenes de su encierro.
La presencia latente de Dethra no había desaparecido.
Aprovechando la llegada de sangre y sufrimiento, comenzó a transformar la esencia misma de la prisión, corrompiendo la magia que la sostenía.
La energía arcana que una vez contenía su alma se tornó vil y oscura, infiltrándose en los prisioneros y desgarrando su espíritu.
De ese proceso surgieron los primeros Abismales: elfos marcados y deformados por la influencia de Dethra, criaturas nacidas de la corrupción y convertidas en heraldos de su voluntad.
Con el paso de los siglos, el Imperio de Murah creció, se expandió y consolidó su dominio sobre todo el continente. La Guerra de los Primeros quedó relegada a un recuerdo distante, un episodio incómodo en los anales élficos que terminó enterrado por nuevas alianzas, nuevas amenazas y la marcha inevitable del tiempo.
En ese proceso, el control de la antigua prisión levantada para contener a Dethra pasó a manos humanas.
Para la mayoría, aquel lugar no era más que una fortaleza arcana erigida por los pueblos antiguos; pocos recordaban que su propósito original fue encerrar a una dragona inmortal.
Con el tiempo, Murah comenzó a utilizar la prisión para encerrar a los individuos más peligrosos del Imperio: criminales imposibles de ejecutar, criaturas corruptas… e incluso magos enfermos de delirium, cuyas mentes habían sido quebradas por un exceso de magia.
Cada condenado enviado al Abismo prolongaba su sufrimiento sin morir, creyendo que la prisión era una estructura perfecta de castigo eterno. Pero lo que nadie sabía era que, en su interior, Dethra seguía despierta.
La esencia de la Devoradora absorbía cada fragmento de dolor, de locura, de energía derramada entre sus muros. Cada alma que caía allí alimentaba la oscuridad atrapada bajo la tierra.
Lo que los humanos creían un castigo era, en realidad, una ofrenda involuntaria. Creando así más y nuevos tipos de Abismales en función de la naturaleza del preso.
La prisión no debilitaba a Dethra: la nutría.
Malephor Aegis
Hace más de cinco siglos nació Malephor Aegis en la noble y antigua Casa Aegis, linaje encargado desde la fundación del Imperio de custodiar y proteger a los emperadores de Murah. Desde su niñez demostró ser excepcional: fuerte, brillante en el combate, disciplinado y capaz de superar a cualquier guerrero de su generación.
Su ascenso fue meteórico. Con apenas unos años de servicio, se convirtió en capitán de la Guardia Púrpura, la élite encargada de defender a la Casa Terius.
Pero su talento vino acompañado de un rasgo más peligroso: ambición creciente, alimentada por un poder que aún no comprendía.
Sin saberlo, el eco latente del Abismo —la voluntad de Dethra atrapada en la prisión arcana— comenzó a fijarse en él. A través de susurros, visiones y de la influencia de quien sería su mano derecha, Malephor empezó a ser empujado hacia un destino oscuro.
Con el tiempo, la influencia del Abismo se hizo más profunda. Malephor, convencido de que el Imperio estaba debilitado y que solo él podía “salvarlo”, volvió sus ojos contra aquello que había jurado proteger.
Bajo sus órdenes, la Guardia Púrpura se levantó contra la Casa Terius, iniciando uno de los conflictos más devastadores de la historia del Imperio: las Guerras Púrpuras.
Las ciudades ardieron a su paso, juramentos ancestrales se quebraron y Malephor avanzó sobre Murah con la fuerza de una tormenta.
En la batalla final, cuando todo parecía perdido, la emperatriz Kasandra II Terius logró engañarlo y forzarlo a caer en una trampa desesperada. A través de un acto de pura voluntad, la emperatriz consiguió derrotarlo y poner fin a las Guerras Púrpura.
Por sus crímenes, Malephor Aegis fue condenado a la prisión creada siglos atrás para contener a Dethra: el Abismo.
Pero su derrota no fue un final.
La caída de Malephor había sido prevista, deseada y guiada por la misma voluntad atrapada en la prisión: Dethra, la Devoradora.
En el Abismo, Malephor descubrió su verdadera naturaleza. Las mismas energías que habían corrompido a los elfos siglos atrás comenzaron a resonar en él de forma distinta.
El alma de Dethra, anclada al osario dracónico, reconoció en el capitán de los Púrpura al recipiente que había estado esperando.
Su encierro sirvió para completarlo. Su derrota lo purificó para lo que debía ser.
Cinco siglos después de su caída, Malephor despertó en la prisión completamente transformado. Portaba ahora la esencia de Dethra, su poder y su propósito. Se alzó como el Señor del Abismo, reclamando la corrupción que lo rodeaba como si hubiera nacido de ella.
Su despertar marcó el inicio de una nueva era de oscuridad.
La Quinta Legión del general Ferrymus Dolarion marchó contra él y durante días combatieron en las entrañas del Abismo.
Ferrymus y Malephor se enfrentaron en un duelo feroz, en el que ni siquiera Legado, la lanza de Mur’etheil, pudo doblegar al recién ascendido Señor del Abismo.
La Quinta cayó casi por completo.
Ferrymus, con Legado fragmentada y al borde de la muerte, consiguió sellar el Abismo una última vez, consciente de que aquello no era una victoria: Malephor volvería. Y cuando lo hiciera, no sería un hombre… sino la sombra viva de Dethra reclamando el mundo.

